19 may 2011

El saber no ocupa lugar

Durante años, el pensador Carlos Molinari se había nutrido de tanto conocimiento que va por la vida volcando su sabiduría por cuanto lugar alberga un alma y un oido para escucharlo.
Su alta capacidad de oratoria, analisis y almacenamiento de hechos y protagonistas son legendarios por donde transita. Sus comentarios eran siempre acompañados por una risa cómplice y una afirmación con la cabeza.
Y en medio de sus interminables discursos, al pensador le gusta interactuar con su desprevenido público, lo que la mayoría de las veces provoca que el involuntario receptor de la cátedra diga: "no sé de que carajo me estas hablando".

11 abr 2011

El Cuervo 2011(Homenaje al maestro del terror)

Por más que lo intentaba, Edgar no podía conciliar el sueño. Lo atormentaba su inexplicable necesidad de ella. Toda su presencia estaba lejos de él y no volverá. Leonora.

Una noche como tantas, mientras sumergía su dolor en un vino que hace años dejo su sabor, reposaba su débil cuerpo en un sillón de cuero negro. Iluminado solo por una chimenea de tibias brasas en la inmensidad de su biblioteca, miraba fijamente el retrato de ella. Leonora.

Entre el silencio, Edgar oyó que golpeaban su puerta. Dos veces. Ignorando el llamado en un sorbo más del dulce vino, se hundió más en su sillón. Nuevamente, dos golpes en la puerta. Se preguntó: “¿Leonora?”

Silencio.

No podía entender por qué ella lo había abandonado, así, solo entre fotos color sepia y canciones vertidas al viento. Dos golpes más interrumpieron sus pensamientos. Se apresuró a abrir la puerta y solo vio… nada. La oscuridad estaba tras la puerta. Y se volvió a preguntar: “¿Leonora?”.

De un tímido empujón cerró la puerta y retornó al vino, al sillón, al dolor. Y sin terminar de apoyar su frágil saco de huesos sobre su lugar de descanso volvió a oír el llamado sobre la puerta de su biblioteca. Corrió hacia ella, la abrió y con los brazos abiertos gritó: “Leonora!”.

Y la oscuridad le devolvió silencio.

De repente, de entre las sombras, un cuervo negro sobrevoló la cabeza de Edgar y se apoyó sobre el marco de la puerta. Y lo miró fijamente. Con los ojos clavados en el corazón exaltado de Edgar dijo, en un tono muy villero: “Por qué no la twiteas?”

Edgar no salía de su asombro. Su palidez se acentuaba, sus manos temblaban, su mente creyó delirar. “Quien eres, cuervo? Acaso Eleonora te ha enviado?”, preguntó temeroso Edgar, recostándose en el sillón de cuero negro, sin apartar la vista del ave. Está contestó, en un tono muy cabeza: “Por qué no la twiteas?”

“Como puedes preguntarme eso? Yo solo tengo Facebook”, se lamento Edgar, recordando la voz de su Leonora diciéndole que algún día la red social no funcionaría y solo quedaría comunicarse como antes, la forma más romántica: los pájaros mensajeros. Ese día ella partió para no volver, esa noche él brindó con el terrible destino de su amada. Esta noche él brindaba con un cuervo negro que apuñalaba su rostro y le decía, en un tono muy de caco: “Por qué no la twiteas?”

De un pequeño salto, el cuervo se posó sobre el cuadro de Leonora, lo que hizo que la locura se apoderase de Edgar, quien arrodillado en el suelo y con las manos al cielo imploraba:

“Leonora, amor. Tu sabes que 140 caracteres no alcanzan para demostrar mi devoción hacia ti. No me puedes pedir eso”.

Y mientras Edgar sumergía su cara entre sus largos y blancos dedos, el cuervo permanecía inmóvil sobre el retrato de Leonora… diciendo:

“Por qué no la twiteas?”

3 abr 2011

El teléfono publico no sólo salva vidas, corta distancia, apaga incendios

Maxi pasa todos los días por Lavalle y Junín camino a la facultad. Atraviesa el puesto de diarios, donde lee los titulares sólo para saber qué pasa, pero no involucrarse mucho. Mira las vidrieras, el locutorio de Vicente y siempre se para en Junín y Viamonte al lado de un teléfono público a esperar que el semáforo se ponga en verde. Lo mira, relee todos los volantes que allí pegan y cruza.

A sus 18 años, ignora muchas cosas. Pero solo porque no las vivió. Entre ellas está el sexo. No sabe ingles, no sabe manejar, jamás se emborrachó. Sin embargo la que más le molesta y más dudas le da es no haber tenido sexo todavía. Claro está que nadie lo sabe, porque se encarga de inventar historias con respecto a conquistas fugaces, a diálogos con extranjeros, a viajes con el auto de su padre. Le da mucha vergüenza ignorar todo eso, pero tampoco hace nada.
Un día como todos, su rutina lo llevó a la esquina de siempre en el teléfono público de siempre. Lo miraba fijo. Estaba como abstraído con toda la información que allí había. Tenía la solución a dejar de mentir tan descaradamente a pocos metros. Sólo tenía que estirar la mano. Espero a que todos crucen y de un tirón tomó un volante y caminó apurado al subte.

Entró y se sentó lo más lejos posible de la gente. Todavía lo estaba estrujando en su mano transpirada. La abrió y sonrió. “Ya está”, pensó. Sus pensamientos se relajaron, ya no tendría que mantener mentiras ni nombres de personas que no existen. La liberación de un mundo ficticio hacia la sinceridad estaba en su mano. Guardó el volante y, sonriendo, siguió el viaje a su casa.

Espero a que su madre se fuera para el momento justo del llamado. Solo, en su dormitorio, miraba el papel y el teléfono. Dudaba, se avergonzaba y volvía a convencerse que tenía que terminar con esto, que no podía seguir siendo un ignorante. Maxi marcó el número de teléfono y apenas escucho la voz de una mujer cortó. Nervioso, se rió de sí mismo y volvió a marcar, pero debió cortar porque tocaron el timbre de su casa. Bajó a abrirle la puerta a su amigo Sebastián, quien sin mayores preámbulos se metió en su cuarto a prender la Play. Maxi fue a la cocina a buscar algo para tomar cuando se da cuenta que había olvidado el volante en su cama.
Corriendo, entró al cuarto y lo ve a Sebastián mirando el papel con el número de teléfono que tanto le había costado conseguir.

-“¿que es esto?”, pregunto Sebastián

-“nada, una boludez”, dijo tímidamente Maxi

-“Para… significa que todo lo que me contaste es mentira? Todas las historias, las anécdotas?”

-“bueno… si”, sollozaba Maxi

- “Pero, ¿cómo no me vas a contar a mí, tu mejor amigo, que no sabes hablar ingles?”

22 ene 2011

X esta en una relación complicada con Y

La conoció en una feria del libro, en la Sala Cortazar de la Rural. Comentaron la capacidad de Woody Allen de ser un judío simpático y la necesidad del humor absurdo en toda conversación sobre la muerte. Hubo una sonrisa que permitió volver a tirar los dados y avanzar. Lucas, campeón municipal de las indirectas, le pidió el nombre y mail. Julia, organizadora de olimpiadas para extrovertidos, otorgó su nombre, mail y twitter. Se alejó dejando un beso inesperado sobre la mejilla izquierda inesperado en Lucas y él, tomó los datos, los dados y se fue a preparar el tablero en su casa para seguir jugando.

La agregó al MSN y Facebook. Y ahí arrancaron. El juego avanzaba día a día, con horas y horas de navegación en la Web. Hablaban, se mandaban fotos, se consultaban cosas, se hacían indispensables. Diariamente, transitaban cuesta arriba una relación que se afianzaba a modo de zumbidos y emoticones.

Lucas hacia meses que había terminado una relación con Clara, su novia de tantos años que no recuerda. Julia luchaba contra el amor de un ser perverso, que la hostigaba y trataba de dominar. No por sufrir lo dejaba de amar… por lo menos eso creía sentir . Ambos encontraron en esta lúdica forma de tratarse un resguardo que crecía paso a paso.

Pero todo era virtual.

Los dados dieron doble seis y llegó al casillero de la primera salida, después de haber pasado por los casilleros “dame tu número de celular” y “madrugadas de chat”.Se volvieron a ver y eran más lindos de carne y hueso(según ellos). Comieron y hablaron muy poco, ya que parecía que todo estaba dicho… aun así, lo intentaron.

El tablero mostraba dos fichas que se acercaban a la meta. No hubo besos, si abrazos. No hubo caricias, si mimos al alma. El camino al final del juego se transitó hablando, mucho. Era como que tenían que conocerse mucho antes de dar un paso mas adelante, antes de ganarse la carta de inmunidad y correr al último casillero, al cuerpo del otro, a expresar eso que virtualmente se dijeron.

El era blanco con poco pelo, un cuerpo marcado por una gimnasia de hace algunos años y ojos marrones profundos. Su mirada a veces cautivaba, a veces no. Julia era de las chicas que llama la atención al caminar. Pero no por tener un cuerpo exuberante, sino por un magnetismo propio de alguien que sabe lo que quiere, cuando lo quiere y en que parte de la casa lo quiere. Ambos se confesaron amantes del sexo ocasional, de matarse, de durar por horas. Pero lo cierto es que Julia siempre lo hace con la remera puesta para que no se le escape el corazón con cualquiera. Y Lucas decía la verdad, debido a técnicas adquiridas con el tiempo.

Una tarde de un marzo demasiado caluroso tiraron los dados por última vez y ambos, bajo un árbol de la Plaza Irlanda, se fundieron en un beso tan pasional como largo. El que esperaron, el que imaginaron, el que sintieron. Se mordieron, se apretaron, se metieron mano. Resultaron heridos, si, pero en caliente no se siente nada. Julia lo apretaba de la cintura, Lucas deseaba tener mas manos para agarrarla de atrás, las tetas de 90 y tomarla del cuello para tenerla mas cerca.

Las lenguas peleaban, los labios dolían, los cuerpos pedían guerras con manos como armas atacando todo territorio adversario. Lucas ya no entraba en su ropa y Julia se sentía inundada por el deseo. Sin soltarse, fueron hasta la cama de ella, no muy lejos de ahí. El calor era insoportable pero se agarraban tanto en el ascensor que desde ahí empezaron a arrancarse la ropa. Entraron, se tropezaron, rieron, cayeron en un sillón blanco. Lucas ya se había sacado todo menos el bóxer y las medias, pero en eso estaba. Ella tuvo dos segundos de claridad. Vio con qué ternura se sacaba las medias marrones que no lo dudó. Le levantó la cara, mostrándole la delicadeza con la que se sacaba su remera, dejando su corazón expectante y a Lucas saciando su hambre en su pecho.

La levantó y ella lo abrazó con las piernas. Se arrojaron a la cama, jadeando. Y entre gemidos, caricias y roces, Lucas siente un escalofrío por todo su cuerpo. Se separa de ella de un salto, con la cara desfigurada.

Julia: Qué pasa?

Lucas: Me olvidé el Viagra

2 ene 2011

El chancho tiene ganas de comer

… Y me pidió que me vaya, que no insista. Le dije que no, que no podía. Sin mirarme a los ojos, abrió la puerta con la seguridad de elegir lo correcto. Mis suspiros no lograron convencerla esta vez. Mientras miraba al florero de la mesa marrón con el ceño fruncido y respirando odio, me aguardaba

firme junto al portal. La mire una vez más, esperando que algún sentimiento la haga cambiar de opinión. Pero no. Nada en su ser estaba de mi lado.


Y salí.


…Y cuando ya estaba lejos de su alcance, lejos de oírla, casi en la esquina de su casa, apareció agitada sobre mi espalda. Me sonrió y sólo con eso me hizo olvidar las 48 horas de discusiones que tuvimos. Abrazándome y con el pecho agitado, me dijo al oído que me amaba y que nunca me iba a dejar ir. La tomé del rostro y la besé tiernamente una vez. Cuando una lágrima empezó a caer por su mejilla y su boca comenzaba a sonreír, sólo atine a decir:


“Que histérica de mierda que sos”


Y ella, lejos de enojarse, replicó sin dejar de sonreír:


“Pero igual siempre te quedas acá, ¿Viste?”

30 dic 2010

De un extremo al otro

Yo tengo sogas.

Muchas. Largas. No son muy gruesas y son medio color arena. Como la de San Clemente: sucia pero lavada. En cada soga hay, y con una distancia milimétricamente estipulada, pañuelos de colores. De todas las tonalidades, de oscuro a claro.


Yo estoy con las sogas y detrás de una línea.


Justo en el medio, sin moverme, estoy yo y mis sogas. Con la mirada al frente de la línea (no sé si es norte o sur) tengo las sogas en mis manos. En la derecha, las que entrego. En la izquierda, las que sostengo, tirantes.


Yo tengo sogas, una línea, pañuelos y gente.


A cada uno que conozco le doy una soga del lado de la punta con el color negro, le sonrío y le digo “Bienvenido”. Algunos se la llevan, otros, la miran y la tiran. Las han quemado, cortado, olvidado en el camino. Me ha pasado muchas veces que la atan a un palo y después la vuelven a agarrar, pensando que no me doy cuenta. Todas las sogas son únicas e irrepetibles. Si me rechazan alguna, no la uso con otro. No da.


Yo tengo sogas, una línea, pañuelos, gente y colores.


A medida que va pasando el tiempo, quienes tengan mis sogas avanzan y van llevándose metros y metros de mí llenos de color. Van pasando los colores, de menor a mayor, sobre la línea. Lo que va determinando que tanto de mí se soporta y se quiere, si mi roja pasión, mi sonrisa celeste, mi humor amarillo, mi gris mirada. Eso sí, sé cuando tirar y dejar de dar brillo y recuperar mis colores. O eso creo. Si bien sé que las sogas son únicas, no significa que las regale si no se merecen. Sólo tengo que tirar para atrás. Si hay resistencia, explico mi accionar. Si no hay resistencia, una soga menos.


Yo tengo sogas, una línea, pañuelos, gente, colores, descuidos.


Sostener muchas sogas con una mano e ir entregando con la otra hace que no se esté 100 por ciento atento a la cantidad de color que se va. Usualmente pasa con las personas que mas colores tienen y creen que porque llegaron al naranja pueden pedir más sin ganárselo. Soy copado, no boludo. Si hay mentira y traición, seguido de mi pérdida de confianza, la soga es mía



Llegar al blanco es un evento. Si llegaste al color más claro, significa que estas en el límite. Y ahí empiezo mi ritual. Paro mi mundo, le entrego las sogas a mi Soberbia un rato (sabe manejar las cosas cuando no estoy disponible) y me dirijo a la línea. Te miro con una sonrisa, abro los brazos y te apreto fuerte. Tomándote de los hombros, te miro sonriente y te invito a mi mundo, detrás de la línea.


“Llegaste”, balbuceo feliz. Y tomandote del hombro, con un medio abrazo, te susurro "... acordate, vergüenza es robar"

10 nov 2010

Oye mi canto

Leo se enamoró en una estación de tren. Así de simple fue, hace como 4 años.

No era un chico fácil de impresionar, ya tenía bastante con su padre ausente y su madre completamente desquiciada, bipolar y soltera. O sea, siempre pensó que no iba a buscar afuera lo que tenía en su casa. Y lo encontró, entre tanta gente del vagón 3. Lo encontró en la morocha de mirada cansada y sonrisa permanente. Sólo con verla subir en Urquiza, Leo ya estaba hecho por el resto del día. Estudiaba sus movimientos, conocía sus manías, recorría junto al viento todo su cuerpo. No era lo que culturalmente se dice “una chica hermosa”, pero para él sí. Era LA mujer.

Ella tenía un estilo simplista en su forma de vestir. Sólo remeras y jeans. Alternaba zapatillas con sandalias y nunca tenía desarreglado ni el flequillo ni su pelo ondulado que cubría la mitad de su espalda. Infaltable, el celular conectado al oído. Después de tanto tiempo, Leo supo que se llamaba Gisela, que estudiaba Ciencias Económicas y que trabajaba en el INDEC, haciendo una pasantía. Pero nada de esta información la obtuvo hablando con ella, sino que la escuchó o leyó cuando se le acercaba en el tren o cuando se ponía a su lado cuando caminaban por la calle Florida.

Leo trabaja en un call center sobre Chacabuco y Alsina, a la vuelta del lugar de tareas de Gise (Como él le decía). Es flaco, alto y de ojos marrones, casi arrastra los brazos al andar. Nunca tuvo problemas con las mujeres, ya que no intentó tenerlos por miedo al rechazo. Tiene amigas, bastantes, pero no pasan de esa categoría. Y no lo harán, pero no por decisión de él.

Su psicólogo se había cansado de sugerirle un acercamiento real con su adorada extraña. Fue el quinto con el mismo discurso. Ahí Leo repensó la situación. “No me va a hacer nada acercarme, hablarle. Al fin y al cabo, nos vemos de lunes a viernes en el mismo lugar a la misma hora. Se va a dar cuenta que no soy un loco. Sí, me voy a acercar y decirle algo. Hoy es el día”.

Su mejor camisa acompañó al jean Levis que tan bien le quedaban con la sonrisa y las zapatillas limpias. Desayuno liviano para que los nervios no le coman el estomago. Caminó hasta la estación de San Martin casi completamente feliz, excepto por las pequeñas nubes que se formaban. “No importa, hoy es el día”.

El tren llegó a Urquiza y el corazón empezó a galopar. Gisela entra esbozando una sonrisa acomodándose el auricular en el oído, lo mira fugazmente y se acomoda en la puerta. Leo, que ya no veía a nadie más, acomoda violentamente a las personas que entraban a los empujones mientras se acerca a ella. La tiene ahí, al lado. Olió su perfume, analizandoló. “Flower, by Kenzo”. Carísimo, pero excelente. Su piel la sintió más suave, aun sin tocarla. “Debería comprarse otra mochila, esta no va más”, pensó.

Y ahí, mientras la oscuridad empieza a llenar al tren, como un manto gigante, cuando Leo desenfunda el “hola” atrasado 4 años para el tren en retiro. Todos bajan y él camina velozmente detrás de ella, ensayando el "hola" que Gisela nunca escuchó. La multitud lo va mirando, no entiende al loco que saluda a todos y lo deja pasar entre ellos. Leo, en cambio, no pierde de vista su objetivo. Ya con menos gente y afuera de la estación, él volvió a asustarse, pero no dejó de acompañarla. Subieron juntos, pero separados, las escaleras de la plaza San Martin, al lado del Monumento a los Caídos en Malvinas. “Esas nubes siguen creciendo y los granaderos no se quedaran mucho”, analiza Leo al subir de dos en dos los escalones. Ya sobre la plaza, la deja alejarse unos metros para admirar su cuerpo en la inmensidad de los arboles. El momento Kodak acaba cuando un pibe le dice simpáticamente lo linda que es. Ella no se detiene, ni escuchó. Eso hace apretar el paso a Leo, hasta tenerla a dos milímetros de su brazo derecho, al comienzo de la calle Florida, al comienzo de la declaración de amor más sincera y veloz, que duró desde Florida y Marcelo T. de Alvear hasta Florida y Corrientes.

“Hace más de cuatro años que te observo desde el vagón 3 de la estación Urquiza. Me encantas. No hay nada que no me haga pensar en vos. Nunca me sentí así ni le dije esto a nadie. Desde que te vi, supe que me ibas a volver loco. No paro de pensar en tu pelo, tu sonrisa, tu mirada. Cambié de horario en el trabajo para verte, me escapo en mi horario de almuerzo para patrullar la puerta del INDEC para ver si al menos puedo respirar tu aire. Te busque en Facebook, te sigo en Twitter, hasta encontré tu Fotolog. Sé que tenemos mucho en común, podemos vernos más seguido y hablar por horas de lo que te guste, de Gustavo Cerati, Sumo o Andy Kusnetzoff. Sé que te gusta la música, que escuchas música todo el día. Lo que quieras, sólo quiero tenerte cerca y cuidarte y no lastimarte. No como lo que leí en Facebook que tu ex te dejó, nunca lo haría. Nunca, sólo te pido una oportunidad. Mira, estoy temblando. Me muero si no me decís algo ahora. ¿Qué pensas?”.

Entonces lo miro profundamente, luego de haber estado todo el camino con la cabeza baja, en su mundo. Gisela lo tomo del brazo, se paro frente a el y sacandose los auriculares le dijo:

"Disculpame, ¿Me dijiste algo?"