Yo tengo sogas.
Muchas. Largas. No son muy gruesas y son medio color arena. Como la de San Clemente: sucia pero lavada. En cada soga hay, y con una distancia milimétricamente estipulada, pañuelos de colores. De todas las tonalidades, de oscuro a claro.
Yo estoy con las sogas y detrás de una línea.
Justo en el medio, sin moverme, estoy yo y mis sogas. Con la mirada al frente de la línea (no sé si es norte o sur) tengo las sogas en mis manos. En la derecha, las que entrego. En la izquierda, las que sostengo, tirantes.
Yo tengo sogas, una línea, pañuelos y gente.
A cada uno que conozco le doy una soga del lado de la punta con el color negro, le sonrío y le digo “Bienvenido”. Algunos se la llevan, otros, la miran y la tiran. Las han quemado, cortado, olvidado en el camino. Me ha pasado muchas veces que la atan a un palo y después la vuelven a agarrar, pensando que no me doy cuenta. Todas las sogas son únicas e irrepetibles. Si me rechazan alguna, no la uso con otro. No da.
Yo tengo sogas, una línea, pañuelos, gente y colores.
A medida que va pasando el tiempo, quienes tengan mis sogas avanzan y van llevándose metros y metros de mí llenos de color. Van pasando los colores, de menor a mayor, sobre la línea. Lo que va determinando que tanto de mí se soporta y se quiere, si mi roja pasión, mi sonrisa celeste, mi humor amarillo, mi gris mirada. Eso sí, sé cuando tirar y dejar de dar brillo y recuperar mis colores. O eso creo. Si bien sé que las sogas son únicas, no significa que las regale si no se merecen. Sólo tengo que tirar para atrás. Si hay resistencia, explico mi accionar. Si no hay resistencia, una soga menos.
Yo tengo sogas, una línea, pañuelos, gente, colores, descuidos.
Sostener muchas sogas con una mano e ir entregando con la otra hace que no se esté 100 por ciento atento a la cantidad de color que se va. Usualmente pasa con las personas que mas colores tienen y creen que porque llegaron al naranja pueden pedir más sin ganárselo. Soy copado, no boludo. Si hay mentira y traición, seguido de mi pérdida de confianza, la soga es mía
Llegar al blanco es un evento. Si llegaste al color más claro, significa que estas en el límite. Y ahí empiezo mi ritual. Paro mi mundo, le entrego las sogas a mi Soberbia un rato (sabe manejar las cosas cuando no estoy disponible) y me dirijo a la línea. Te miro con una sonrisa, abro los brazos y te apreto fuerte. Tomándote de los hombros, te miro sonriente y te invito a mi mundo, detrás de la línea.
“Llegaste”, balbuceo feliz. Y tomandote del hombro, con un medio abrazo, te susurro "... acordate, vergüenza es robar"
30 dic 2010
10 nov 2010
Oye mi canto
Leo se enamoró en una estación de tren. Así de simple fue, hace como 4 años.
No era un chico fácil de impresionar, ya tenía bastante con su padre ausente y su madre completamente desquiciada, bipolar y soltera. O sea, siempre pensó que no iba a buscar afuera lo que tenía en su casa. Y lo encontró, entre tanta gente del vagón 3. Lo encontró en la morocha de mirada cansada y sonrisa permanente. Sólo con verla subir en Urquiza, Leo ya estaba hecho por el resto del día. Estudiaba sus movimientos, conocía sus manías, recorría junto al viento todo su cuerpo. No era lo que culturalmente se dice “una chica hermosa”, pero para él sí. Era LA mujer.
Ella tenía un estilo simplista en su forma de vestir. Sólo remeras y jeans. Alternaba zapatillas con sandalias y nunca tenía desarreglado ni el flequillo ni su pelo ondulado que cubría la mitad de su espalda. Infaltable, el celular conectado al oído. Después de tanto tiempo, Leo supo que se llamaba Gisela, que estudiaba Ciencias Económicas y que trabajaba en el INDEC, haciendo una pasantía. Pero nada de esta información la obtuvo hablando con ella, sino que la escuchó o leyó cuando se le acercaba en el tren o cuando se ponía a su lado cuando caminaban por la calle Florida.
Leo trabaja en un call center sobre Chacabuco y Alsina, a la vuelta del lugar de tareas de Gise (Como él le decía). Es flaco, alto y de ojos marrones, casi arrastra los brazos al andar. Nunca tuvo problemas con las mujeres, ya que no intentó tenerlos por miedo al rechazo. Tiene amigas, bastantes, pero no pasan de esa categoría. Y no lo harán, pero no por decisión de él.
Su psicólogo se había cansado de sugerirle un acercamiento real con su adorada extraña. Fue el quinto con el mismo discurso. Ahí Leo repensó la situación. “No me va a hacer nada acercarme, hablarle. Al fin y al cabo, nos vemos de lunes a viernes en el mismo lugar a la misma hora. Se va a dar cuenta que no soy un loco. Sí, me voy a acercar y decirle algo. Hoy es el día”.
Su mejor camisa acompañó al jean Levis que tan bien le quedaban con la sonrisa y las zapatillas limpias. Desayuno liviano para que los nervios no le coman el estomago. Caminó hasta la estación de San Martin casi completamente feliz, excepto por las pequeñas nubes que se formaban. “No importa, hoy es el día”.
El tren llegó a Urquiza y el corazón empezó a galopar. Gisela entra esbozando una sonrisa acomodándose el auricular en el oído, lo mira fugazmente y se acomoda en la puerta. Leo, que ya no veía a nadie más, acomoda violentamente a las personas que entraban a los empujones mientras se acerca a ella. La tiene ahí, al lado. Olió su perfume, analizandoló. “Flower, by Kenzo”. Carísimo, pero excelente. Su piel la sintió más suave, aun sin tocarla. “Debería comprarse otra mochila, esta no va más”, pensó.
Y ahí, mientras la oscuridad empieza a llenar al tren, como un manto gigante, cuando Leo desenfunda el “hola” atrasado 4 años para el tren en retiro. Todos bajan y él camina velozmente detrás de ella, ensayando el "hola" que Gisela nunca escuchó. La multitud lo va mirando, no entiende al loco que saluda a todos y lo deja pasar entre ellos. Leo, en cambio, no pierde de vista su objetivo. Ya con menos gente y afuera de la estación, él volvió a asustarse, pero no dejó de acompañarla. Subieron juntos, pero separados, las escaleras de la plaza San Martin, al lado del Monumento a los Caídos en Malvinas. “Esas nubes siguen creciendo y los granaderos no se quedaran mucho”, analiza Leo al subir de dos en dos los escalones. Ya sobre la plaza, la deja alejarse unos metros para admirar su cuerpo en la inmensidad de los arboles. El momento Kodak acaba cuando un pibe le dice simpáticamente lo linda que es. Ella no se detiene, ni escuchó. Eso hace apretar el paso a Leo, hasta tenerla a dos milímetros de su brazo derecho, al comienzo de la calle Florida, al comienzo de la declaración de amor más sincera y veloz, que duró desde Florida y Marcelo T. de Alvear hasta Florida y Corrientes.
“Hace más de cuatro años que te observo desde el vagón 3 de la estación Urquiza. Me encantas. No hay nada que no me haga pensar en vos. Nunca me sentí así ni le dije esto a nadie. Desde que te vi, supe que me ibas a volver loco. No paro de pensar en tu pelo, tu sonrisa, tu mirada. Cambié de horario en el trabajo para verte, me escapo en mi horario de almuerzo para patrullar la puerta del INDEC para ver si al menos puedo respirar tu aire. Te busque en Facebook, te sigo en Twitter, hasta encontré tu Fotolog. Sé que tenemos mucho en común, podemos vernos más seguido y hablar por horas de lo que te guste, de Gustavo Cerati, Sumo o Andy Kusnetzoff. Sé que te gusta la música, que escuchas música todo el día. Lo que quieras, sólo quiero tenerte cerca y cuidarte y no lastimarte. No como lo que leí en Facebook que tu ex te dejó, nunca lo haría. Nunca, sólo te pido una oportunidad. Mira, estoy temblando. Me muero si no me decís algo ahora. ¿Qué pensas?”.
Entonces lo miro profundamente, luego de haber estado todo el camino con la cabeza baja, en su mundo. Gisela lo tomo del brazo, se paro frente a el y sacandose los auriculares le dijo:
"Disculpame, ¿Me dijiste algo?"
No era un chico fácil de impresionar, ya tenía bastante con su padre ausente y su madre completamente desquiciada, bipolar y soltera. O sea, siempre pensó que no iba a buscar afuera lo que tenía en su casa. Y lo encontró, entre tanta gente del vagón 3. Lo encontró en la morocha de mirada cansada y sonrisa permanente. Sólo con verla subir en Urquiza, Leo ya estaba hecho por el resto del día. Estudiaba sus movimientos, conocía sus manías, recorría junto al viento todo su cuerpo. No era lo que culturalmente se dice “una chica hermosa”, pero para él sí. Era LA mujer.
Ella tenía un estilo simplista en su forma de vestir. Sólo remeras y jeans. Alternaba zapatillas con sandalias y nunca tenía desarreglado ni el flequillo ni su pelo ondulado que cubría la mitad de su espalda. Infaltable, el celular conectado al oído. Después de tanto tiempo, Leo supo que se llamaba Gisela, que estudiaba Ciencias Económicas y que trabajaba en el INDEC, haciendo una pasantía. Pero nada de esta información la obtuvo hablando con ella, sino que la escuchó o leyó cuando se le acercaba en el tren o cuando se ponía a su lado cuando caminaban por la calle Florida.
Leo trabaja en un call center sobre Chacabuco y Alsina, a la vuelta del lugar de tareas de Gise (Como él le decía). Es flaco, alto y de ojos marrones, casi arrastra los brazos al andar. Nunca tuvo problemas con las mujeres, ya que no intentó tenerlos por miedo al rechazo. Tiene amigas, bastantes, pero no pasan de esa categoría. Y no lo harán, pero no por decisión de él.
Su psicólogo se había cansado de sugerirle un acercamiento real con su adorada extraña. Fue el quinto con el mismo discurso. Ahí Leo repensó la situación. “No me va a hacer nada acercarme, hablarle. Al fin y al cabo, nos vemos de lunes a viernes en el mismo lugar a la misma hora. Se va a dar cuenta que no soy un loco. Sí, me voy a acercar y decirle algo. Hoy es el día”.
Su mejor camisa acompañó al jean Levis que tan bien le quedaban con la sonrisa y las zapatillas limpias. Desayuno liviano para que los nervios no le coman el estomago. Caminó hasta la estación de San Martin casi completamente feliz, excepto por las pequeñas nubes que se formaban. “No importa, hoy es el día”.
El tren llegó a Urquiza y el corazón empezó a galopar. Gisela entra esbozando una sonrisa acomodándose el auricular en el oído, lo mira fugazmente y se acomoda en la puerta. Leo, que ya no veía a nadie más, acomoda violentamente a las personas que entraban a los empujones mientras se acerca a ella. La tiene ahí, al lado. Olió su perfume, analizandoló. “Flower, by Kenzo”. Carísimo, pero excelente. Su piel la sintió más suave, aun sin tocarla. “Debería comprarse otra mochila, esta no va más”, pensó.
Y ahí, mientras la oscuridad empieza a llenar al tren, como un manto gigante, cuando Leo desenfunda el “hola” atrasado 4 años para el tren en retiro. Todos bajan y él camina velozmente detrás de ella, ensayando el "hola" que Gisela nunca escuchó. La multitud lo va mirando, no entiende al loco que saluda a todos y lo deja pasar entre ellos. Leo, en cambio, no pierde de vista su objetivo. Ya con menos gente y afuera de la estación, él volvió a asustarse, pero no dejó de acompañarla. Subieron juntos, pero separados, las escaleras de la plaza San Martin, al lado del Monumento a los Caídos en Malvinas. “Esas nubes siguen creciendo y los granaderos no se quedaran mucho”, analiza Leo al subir de dos en dos los escalones. Ya sobre la plaza, la deja alejarse unos metros para admirar su cuerpo en la inmensidad de los arboles. El momento Kodak acaba cuando un pibe le dice simpáticamente lo linda que es. Ella no se detiene, ni escuchó. Eso hace apretar el paso a Leo, hasta tenerla a dos milímetros de su brazo derecho, al comienzo de la calle Florida, al comienzo de la declaración de amor más sincera y veloz, que duró desde Florida y Marcelo T. de Alvear hasta Florida y Corrientes.
“Hace más de cuatro años que te observo desde el vagón 3 de la estación Urquiza. Me encantas. No hay nada que no me haga pensar en vos. Nunca me sentí así ni le dije esto a nadie. Desde que te vi, supe que me ibas a volver loco. No paro de pensar en tu pelo, tu sonrisa, tu mirada. Cambié de horario en el trabajo para verte, me escapo en mi horario de almuerzo para patrullar la puerta del INDEC para ver si al menos puedo respirar tu aire. Te busque en Facebook, te sigo en Twitter, hasta encontré tu Fotolog. Sé que tenemos mucho en común, podemos vernos más seguido y hablar por horas de lo que te guste, de Gustavo Cerati, Sumo o Andy Kusnetzoff. Sé que te gusta la música, que escuchas música todo el día. Lo que quieras, sólo quiero tenerte cerca y cuidarte y no lastimarte. No como lo que leí en Facebook que tu ex te dejó, nunca lo haría. Nunca, sólo te pido una oportunidad. Mira, estoy temblando. Me muero si no me decís algo ahora. ¿Qué pensas?”.
Entonces lo miro profundamente, luego de haber estado todo el camino con la cabeza baja, en su mundo. Gisela lo tomo del brazo, se paro frente a el y sacandose los auriculares le dijo:
"Disculpame, ¿Me dijiste algo?"
19 sept 2010
Leyenda urbana
(Esto le pasó a un amigo de un amigo del primo del sobrino del abuelo del jardinero de la chica que vivía en el departamento "C" de la calle Uruguay en el Barrio de Bernal cuando tenía 3 años)
Emiliano no tenía suerte con las mujeres. Ha sido rechazado tantas veces que ya no le molestaba que le digan que no a cualquier cosa. A sus 33 años era virgen. Pero tan virgen que ni un beso le regalaron. Aun así era feliz y no dejaba de intentar, de jueves a domingos, rozar algún cuerpo de mujer… pero con su consentimiento.
Hacia salidas maratónicas, en las que de 23 a 07 del otro día se acercaba a todo ser del género femenino con el sólo objetivo de superar su record: “Decir hola, ¿cómo estas? ¿Solita?”. Algunos detalles de Emiliano: grandote (por su rutina diaria en el gimnasio), pelo negro como un casco y es feo. Si. Honestidad ante todo. Es feo y se viste feo y no…. No tiene chance con ninguna hembra, ninguna. Pero su suerte esta a punto de cambiar.
Un jueves mas en su vida (día partuzero por excelencia) encaró para Plaza Serrano. Se tomó el tren Mitre, bajó en Carranza y caminó las 27 cuadras que lo separaban de la noche de su vida. Camisa blanca dentro del pantalón de vestir azul Francia gastado y los zapatos del colegio, era su uniforme de caza. Claramente, nunca fue manchado ni dañado por una presa. Igual, lo tenía bien cuidado. Su secreto es vivir con su madre. Dobló en Borges y compró Beldent menta fuerte para su mal aliento. Si, aparte de feo tiene mal aliento.
Al llegar al bar, se acercó a la barra, pide un Speed (porque el alcohol le cae mal) y meneando la cabeza al ritmo de la música, se apoyó en la barra a mirar sus posibles conquistas, seguros fracasos. Sin embargo esta fue su noche.
La rubia de tez blanca y pechos generosos clavó su mirada celeste en él. Sensualmente atravesó a 12 chicos, a quienes les negó un perreo, sin perder los ojos marrones de Emiliano, que no paraba de alucinar con lo que veía. Piernas macizas y andar felino, se acercó y le dijo que su nombre era Abigail Mulman, que trabajaba con su familia en Once y vivía en Villa Crespo. Le ofreció un trago que él tomo de un sorbo, mostrando ser un campeón. Pero era alcohol que después le iba a pegar. Sin decir más, tomó a Emiliano por el cuello y le regaló un profundo beso. Él no entendió nada, imagino tantas veces este momento que no estaba preparado. Atino a poner la mano derecha en su espalda y ella la empujó hacia su culo parado. El instintivamente apretó y fue lo mas real que cualquier masturbación podría haber recreado. Luego de 5 minutos de pelea de lenguas, ella se tiró para atrás, sonrió y se lo llevó para la calle Honduras.
Entraron a un taxi y ella se abalanzó sobre él, tocando todo con deseo y fuerza. Emiliano se dejó llevar. “Esto es mejor que RedTube”, pensó y se puso a disfrutar de una diosa del placer. El taxista se notaba visiblemente caliente por la situación, aun así, paró en Ravignani y Costa Rica, recibió el pago de Abigail y se fue con la imagen de los pechos apenas saliendo del escote negro. Ya tenía algo para imaginar mientras este con su mujer.
La caliente pareja hizo 30 metros sin dejar de tocarse. Ella no soltaba su cintura ni su cara, él volaba con la mano en sus tetas, como si jugara con plastilina. Entraron tropezando al hotel, el conserje les dio la habitación mas barata y siguió mirando Cinecanal.
Y ahí empezó la noche más maravillosa en la vida de Emiliano.
Después de dos horas, cayó rendido. Nunca supo cómo llegó ahí, cómo la rubia le dio todo sin decir nada. Sus sueños fueron las mismas imágenes que disfrutó despierto. Piel, manos, posiciones, gritos, transpiración. Todo estaba en el aire hasta el instante en que despertó solo en la cama.
Mareado, estiró el brazo buscando un abrazo que nunca llegó. Abrió medianamente los ojos y solo vio la estática de la tele. Recordó la película porno con dos minas y un negro, levantó la cabeza para buscar a su compañera en el cuarto, pero estaba solo. Empezó a estirarse, sonriendo por una noche que no iba a dejar de repetirle a sus amigos. De repente, sintió una puntada en su entrepierna. “Y… por haber garchado como un animal”, se dijo contento. Al mover la frazada, sintió frío y humedad en la zona donde le dolía. Mientras que con una mano tocaba todo lo mojado de su cuerpo, con la otra agarraba una nota que se encontraba en la almohada, escrita con tinta negra. Su piel se erizó al repetir en voz alta la frase plasmada en aquella servilleta del hotel:
“Bienvenido a la comunidad”
El miedo invadió su ser tan rápido que, con violencia, levantó las sábanas para ver que era lo que le ardía intensamente. Se quedó sin habla al ver toda la parte inferior de su cuerpo cubierta de sangre. Intento levantarse, desesperado. No podía pararse, no podía dejar de temblar. Tambaleando, logró salir de la cama y con lágrimas en los ojos llego al baño, donde después de lavarse, después de sacarse toda la sangre que cubría su entrepierna, descubrió lo peor.
Le había cortado el prepucio.
Emiliano no tenía suerte con las mujeres. Ha sido rechazado tantas veces que ya no le molestaba que le digan que no a cualquier cosa. A sus 33 años era virgen. Pero tan virgen que ni un beso le regalaron. Aun así era feliz y no dejaba de intentar, de jueves a domingos, rozar algún cuerpo de mujer… pero con su consentimiento.
Hacia salidas maratónicas, en las que de 23 a 07 del otro día se acercaba a todo ser del género femenino con el sólo objetivo de superar su record: “Decir hola, ¿cómo estas? ¿Solita?”. Algunos detalles de Emiliano: grandote (por su rutina diaria en el gimnasio), pelo negro como un casco y es feo. Si. Honestidad ante todo. Es feo y se viste feo y no…. No tiene chance con ninguna hembra, ninguna. Pero su suerte esta a punto de cambiar.
Un jueves mas en su vida (día partuzero por excelencia) encaró para Plaza Serrano. Se tomó el tren Mitre, bajó en Carranza y caminó las 27 cuadras que lo separaban de la noche de su vida. Camisa blanca dentro del pantalón de vestir azul Francia gastado y los zapatos del colegio, era su uniforme de caza. Claramente, nunca fue manchado ni dañado por una presa. Igual, lo tenía bien cuidado. Su secreto es vivir con su madre. Dobló en Borges y compró Beldent menta fuerte para su mal aliento. Si, aparte de feo tiene mal aliento.
Al llegar al bar, se acercó a la barra, pide un Speed (porque el alcohol le cae mal) y meneando la cabeza al ritmo de la música, se apoyó en la barra a mirar sus posibles conquistas, seguros fracasos. Sin embargo esta fue su noche.
La rubia de tez blanca y pechos generosos clavó su mirada celeste en él. Sensualmente atravesó a 12 chicos, a quienes les negó un perreo, sin perder los ojos marrones de Emiliano, que no paraba de alucinar con lo que veía. Piernas macizas y andar felino, se acercó y le dijo que su nombre era Abigail Mulman, que trabajaba con su familia en Once y vivía en Villa Crespo. Le ofreció un trago que él tomo de un sorbo, mostrando ser un campeón. Pero era alcohol que después le iba a pegar. Sin decir más, tomó a Emiliano por el cuello y le regaló un profundo beso. Él no entendió nada, imagino tantas veces este momento que no estaba preparado. Atino a poner la mano derecha en su espalda y ella la empujó hacia su culo parado. El instintivamente apretó y fue lo mas real que cualquier masturbación podría haber recreado. Luego de 5 minutos de pelea de lenguas, ella se tiró para atrás, sonrió y se lo llevó para la calle Honduras.
Entraron a un taxi y ella se abalanzó sobre él, tocando todo con deseo y fuerza. Emiliano se dejó llevar. “Esto es mejor que RedTube”, pensó y se puso a disfrutar de una diosa del placer. El taxista se notaba visiblemente caliente por la situación, aun así, paró en Ravignani y Costa Rica, recibió el pago de Abigail y se fue con la imagen de los pechos apenas saliendo del escote negro. Ya tenía algo para imaginar mientras este con su mujer.
La caliente pareja hizo 30 metros sin dejar de tocarse. Ella no soltaba su cintura ni su cara, él volaba con la mano en sus tetas, como si jugara con plastilina. Entraron tropezando al hotel, el conserje les dio la habitación mas barata y siguió mirando Cinecanal.
Y ahí empezó la noche más maravillosa en la vida de Emiliano.
Después de dos horas, cayó rendido. Nunca supo cómo llegó ahí, cómo la rubia le dio todo sin decir nada. Sus sueños fueron las mismas imágenes que disfrutó despierto. Piel, manos, posiciones, gritos, transpiración. Todo estaba en el aire hasta el instante en que despertó solo en la cama.
Mareado, estiró el brazo buscando un abrazo que nunca llegó. Abrió medianamente los ojos y solo vio la estática de la tele. Recordó la película porno con dos minas y un negro, levantó la cabeza para buscar a su compañera en el cuarto, pero estaba solo. Empezó a estirarse, sonriendo por una noche que no iba a dejar de repetirle a sus amigos. De repente, sintió una puntada en su entrepierna. “Y… por haber garchado como un animal”, se dijo contento. Al mover la frazada, sintió frío y humedad en la zona donde le dolía. Mientras que con una mano tocaba todo lo mojado de su cuerpo, con la otra agarraba una nota que se encontraba en la almohada, escrita con tinta negra. Su piel se erizó al repetir en voz alta la frase plasmada en aquella servilleta del hotel:
“Bienvenido a la comunidad”
El miedo invadió su ser tan rápido que, con violencia, levantó las sábanas para ver que era lo que le ardía intensamente. Se quedó sin habla al ver toda la parte inferior de su cuerpo cubierta de sangre. Intento levantarse, desesperado. No podía pararse, no podía dejar de temblar. Tambaleando, logró salir de la cama y con lágrimas en los ojos llego al baño, donde después de lavarse, después de sacarse toda la sangre que cubría su entrepierna, descubrió lo peor.
Le había cortado el prepucio.
2 sept 2010
Amores que matan nunca mueren
Álvaro baja el vidrio del Peugeot 405, apoya el brazo en la ventana y suspira. Esta parado con su taxi en Av. Guzmán y Federico Lacroze, mirando hacia el cementerio de la Chacarita.
“Tantos años… tantos”, se le escapa de su arrugada boca. Se limpia la mirada con el puño de la camisa azul, pone primera y se acerca al hombre del traje gris que hace 5 minutos le está haciendo señas desde la parada del 78.
“Corrientes y Medrano”, le dice el pasajero antes de terminar de sentarse. Cuando va a apagar el cartel de “Libre”, los ojos de Álvaro se pierden en el espejo retrovisor, con la inmensa puerta del cementerio, lugar que lo cobijó durante muchos años casi rutinariamente. El cierre violento de la puerta lo devuelve al 405. “Deja, la arreglo yo después”, le dice Álvaro en un tono entre jocoso y “te voy a bajar los dientes”.
“Que tiempo loco, no?”, tira el pasajero hacia adelante, esperando una pared que siempre se encuentra en un tachero. “Si”, contesta secamente Álvaro. Detrás de asiento hay una hoja con sus datos, los del auto, la empresa de radio taxi a la que presta ocasionalmente servicio, una señal de “No Fumar” y dos estampitas: la Virgen del Lujan y el Gauchito Gil. Falta una advertencia: Álvaro no es de esos taxistas que les gusta hablar de cualquier cosa. Él no opina, no comenta. No escucha fútbol, no está con ningún partido político, no escucha a Confessore a las mañanas. No. Álvaro esta contento con su 405, su radio 10 y su almuerzo en la Costanera. No necesita más.
“Antes no era así. A mí no me hacían giratoria la puerta, ni me preguntaban qué me pareció el gol de la fecha. Los llevaba y punto. Si total, era la última vez que los iba a ver”.
La nostalgia siempre viajaba con él. Toda su vida fue chofer, siempre. De chiquito ya llevaba a su hermano Ramón en la bici. A los 13 le robo el auto al padre para dar una vuelta con su novia de ese entonces. El auto terminó con la trompa en la verdulería de enfrente de su casa en Berazategui y Álvaro con el culo lleno de marcas de la hebilla del cinturón del dueño del Escarabajo blanco. Cuando ahorró lo suficiente para dejar de pedir prestado, se sintió completo. El Ford Mercury amarillo con terminaciones plateadas era su devoción.
Iba para todos lados, pero eso sí, no se le podía hablar mientras manejaba. Álvaro se ponía loco. Es que a él le gusta, desde siempre, el ruido del motor, la aceleración, sentir como fluye la nafta al carburador, el aceite lubricando. Realmente un enamorado. Como lo estaba de su mujer, que lo acompañaba a todos lados.
Álvaro aprovecho su veta ortiva y su gusto por transportar personas que decidió volcarlo en un trabajo: Ser chofer de coche fúnebre. Y lo consiguió. Y su mujer lo apoyó y durante muchos años fue el mejor chofer de coches fúnebres de la ciudad de Buenos Aires y el Conurbano. Y su mujer orgullosa iba con él, siempre y en silencio.
“Dejame enfrente de la pizzería”, le ordena el pasajero, luego de 25 cuadras callado. Le da el vuelto y al salir otra vez le da con todo a la puerta. “Como me gustaría llevarte como en mi último trabajo”, refunfuñó Álvaro, mientras guardaba los billetes. Antes de arrancar, ve como un cortejo fúnebre pasa junto a su taxi. Ahí se queda paralizado, aferrado al volante pero sin perder detalles de nada.
“El coche con el cajón… mmm, veo que usaron algarrobo. Tres autos BMW detrás, entonces era de familia pequeña con plata… pero bastante rata para llamar a esa cochería”. Álvaro sabía, más de treinta años estuvo en el rubro.
Pero todo se le terminó un fatídico 15 de abril. Como era de costumbre, él y su mujer eran la cabecera del cortejo de un muerto por un accidente de trenes. Álvaro sentía cómo fluía el viaje, su mujer sólo estaba sentada a su lado, en silencio como los últimos 29 años y medio. El problema fue cuando, al enterrar el cajón, la mujer de Álvaro jamás salió del coche. Había muerto.
EL 405 dobla por Paso, en Once, y retoma por Av. Córdoba para Palermo. Álvaro mira a su izquierda y en la esquina de Sánchez de Bustamante ve la cochería en la que solía trabajar, la que había contratado por última vez luego de que su esposa falleciera junto a él… y él mismo fuera quien la llevara a su lecho final.
Con la plata de la indemnización por el despido, se compró este taxi y desde entonces no para de recordar cómo hizo para perder las dos cosas que más quería (su trabajo y su mujer) al mismo tiempo, sin dejar de llevar y traer personas a las que sólo les dice “¿hasta donde?” y “¿no tenes cambio?”
Pero lo peor, lo que no lo deja dormir por las noches, lo que lo atormenta y persigue cada instante de su vida, cada vez que mira el asiento del acompañante de su taxi es el resultado de la autopsia de su mujer que le dio el médico forense.
“Señor, su mujer se murió de aburrimiento”
18 jul 2010
Periodismo Independiente
Estamos en una época complicada. Periodísticamente hablando. Los intereses personales o corporativos hacen que la profesión sea destruida por unos pesos, por influencias o simples dadivas.
Cuando pensé en estudiar esta carrera era por las ganas de decir la verdad de las cosas, por la investigación, por mostrar todo para que la gente que me viera sepa y forme su opinión. Moral, ética y un poco de egocentrismo sólo pensaba usar, pero lo necesario para que día a día brinde un servicio a la comunidad.
Hoy por hoy, mirar un canal o leer un diario es tomar una posición. Si escuchas Radio 10 querés matar a todos los negros. Si ves TN sos golpista. Si lees Tiempo Argentino sos oficialista. Con solo dar un pequeño vistazo a cada uno sabes que no es verdad(o parcialmente verdad) lo que dicen. Son miradas, pero miradas muy extremas, que hacen que se desdibujen las palabras y los actos. Para mi, que me recibí y tengo acceso a todo, me da asco. Por la forma en la que destruyen una profesión hermosa, por cómo alejan de la realidad a gente ocultando, mintiendo, difamando.
A ver, no esta mal tomar una posición ante determinado tema, el problema es la manera. Así como también esta mal que el Gobierno se apropie de medios de comunicación solo para dar su visión de las cosas y ocultar o no informa debidamente. O atacar.
El gobierno gobierna y el periodismo informa. No es al revés. No debe ser al revés, aunque acá pasa de todo. Pero no es solo culpa de ellos, sino de todos.
Con lo que consumimos, con lo que elegimos comentar a los demás o enseñar a los mas chicos ahí aportamos a una maquina que no termina, pero podría terminar porque tenemos la posibilidad de elegir. Aunque el Gobierno compre todos los medios o hasta que Clarín (entre otros) hagan lo mismo.
Por eso esta bueno leer y escuchar todo, de todos. Entendes mejor, sabes a que apunta cada uno. Ves quien realmente hace periodismo por placer, por plata o por un viaje a Colonia en Buquebus.
Eso si, todas las mañanas elijo TN. No por la opinión, no por Confessore.
Que carajo me importa si el Gobierno se queda con la plata de los jubilados cuando el beso de los buenos días me lo da Débora Perez Volpin, que es Hermosa?
Cuando pensé en estudiar esta carrera era por las ganas de decir la verdad de las cosas, por la investigación, por mostrar todo para que la gente que me viera sepa y forme su opinión. Moral, ética y un poco de egocentrismo sólo pensaba usar, pero lo necesario para que día a día brinde un servicio a la comunidad.
Hoy por hoy, mirar un canal o leer un diario es tomar una posición. Si escuchas Radio 10 querés matar a todos los negros. Si ves TN sos golpista. Si lees Tiempo Argentino sos oficialista. Con solo dar un pequeño vistazo a cada uno sabes que no es verdad(o parcialmente verdad) lo que dicen. Son miradas, pero miradas muy extremas, que hacen que se desdibujen las palabras y los actos. Para mi, que me recibí y tengo acceso a todo, me da asco. Por la forma en la que destruyen una profesión hermosa, por cómo alejan de la realidad a gente ocultando, mintiendo, difamando.
A ver, no esta mal tomar una posición ante determinado tema, el problema es la manera. Así como también esta mal que el Gobierno se apropie de medios de comunicación solo para dar su visión de las cosas y ocultar o no informa debidamente. O atacar.
El gobierno gobierna y el periodismo informa. No es al revés. No debe ser al revés, aunque acá pasa de todo. Pero no es solo culpa de ellos, sino de todos.
Con lo que consumimos, con lo que elegimos comentar a los demás o enseñar a los mas chicos ahí aportamos a una maquina que no termina, pero podría terminar porque tenemos la posibilidad de elegir. Aunque el Gobierno compre todos los medios o hasta que Clarín (entre otros) hagan lo mismo.
Por eso esta bueno leer y escuchar todo, de todos. Entendes mejor, sabes a que apunta cada uno. Ves quien realmente hace periodismo por placer, por plata o por un viaje a Colonia en Buquebus.
Eso si, todas las mañanas elijo TN. No por la opinión, no por Confessore.
Que carajo me importa si el Gobierno se queda con la plata de los jubilados cuando el beso de los buenos días me lo da Débora Perez Volpin, que es Hermosa?
21 jun 2010
La tranquilidad está en los bolsillos
Uno de los momentos más desgarradores te lo podes encontrar en un hospital público. Acompañaba a una amiga y su madre a la sala de emergencias de un Hospital, de San Martín. Estaba abarrotado de gente, de dolores, de enfermedades.
Apenas si pudo sentarse en algún rincón mientras su mamá buscaba a los gritos un medico. Algo que la ayude con su crónico dolor en la pierna, producto de torpeza y una olla hirviendo. Yo la miraba y la consolaba, pero me dedicaba a observar mi alrededor. Era un lugar triste, no solo por las paredes por caerse ni la luz tenebrosa que apagaba la esperanza de irse temprano, aliviado. O por lo menos con esa sensación.
Llegada la madre, me reemplazó en el otorgamiento de ánimos a la paciente (que de paciente no tenia nada, a esta altura) y me fui a dar una vuelta, tratando de ver que nos separaba de salir de ahí y la queja eterna de un pie hinchado y colorado.
Un hombre con su pareja sostenía a un bebe en sus brazos. Sus ojos mostraban desconcierto, aparentemente no sabía lidiar con la fiebre en su niño de 8 meses. La madre, acariciaba a ambos, cabizbaja. A lo lejos, un nene se veía molesto y saltaba a los gritos.
Mas adelante, un chico de 16 años, claramente borracho, le pedía perdón a sus amigos por hacerlos ir hasta ahí… y por querer levantarse una piba con novio. Visiblemente, todos estaban golpeados, con signos de pelea. Igual, el peor era el más borracho, con una camisa azul decorada con vomito. El nene que no dejaba de gritar estaba más cerca.
Mire para atrás y mi amiga estaba calmada, pero la madre estaba envuelta en una rabia incontrolable. Decía lo que todos allí comentaban: “si pago mis impuestos, porque me tratan así”, “son todos chorros”, “nadie quiere trabajar”, “Pachano es muy ortiva para ser gay”. Una mujer estaba sentada en otro rincón, frío y húmedo. Hablaba sola o estaba rezando. Lo único que entendí es que no volvería a su casa con “hijo de puta violador de su padre”. Su mirada se perdía en un pasillo semi iluminado, donde algún ambo blanco desaparecía. El nene gritón estaba a metros.
Mucha gente si, dolores, enfermedades, estornudos y llantos. Humildes y trabajadores, sin cobertura, pero esperanzados que este prestigioso hospital los sacará de este momento. El nene inquieto seguía moviéndose y haciendo ruido. Reconocí a la madre, que estaba con otro pequeño. Le sostenía una venda en la cabeza, manchada con sangre. El niño continuaba saltando hasta que la madre lo llama de un grito.
-“Matías! Vení para acá!”
-: “buuuuuaaaaaaaaaa”
- “Podes dejarte de romper las pelotas!??. No ves que tu hermano esta mal por tu culpa??”
- “Buaaaaaaaaaaaa”
La madre, cansada agobiada por la noche entre gritos y sangre, saca su último recurso para calmar a Matías.
- “Mati! Mati! Tomá y quedate quieto!”
Matías se acerca, toma el celular de su madre y escucha una canción que lo calma. Deja de gritar, sonríe y levanta los brazos, haciendo como un aleteo y empieza a bailar.
Era el único que estaba alegre entre tanta tristeza.
La música es medicinal. Y calma a las fieras. Mas esa canción, “I Know you want me”, bailado por Ricardo Fort.
Desgarrador.
Apenas si pudo sentarse en algún rincón mientras su mamá buscaba a los gritos un medico. Algo que la ayude con su crónico dolor en la pierna, producto de torpeza y una olla hirviendo. Yo la miraba y la consolaba, pero me dedicaba a observar mi alrededor. Era un lugar triste, no solo por las paredes por caerse ni la luz tenebrosa que apagaba la esperanza de irse temprano, aliviado. O por lo menos con esa sensación.
Llegada la madre, me reemplazó en el otorgamiento de ánimos a la paciente (que de paciente no tenia nada, a esta altura) y me fui a dar una vuelta, tratando de ver que nos separaba de salir de ahí y la queja eterna de un pie hinchado y colorado.
Un hombre con su pareja sostenía a un bebe en sus brazos. Sus ojos mostraban desconcierto, aparentemente no sabía lidiar con la fiebre en su niño de 8 meses. La madre, acariciaba a ambos, cabizbaja. A lo lejos, un nene se veía molesto y saltaba a los gritos.
Mas adelante, un chico de 16 años, claramente borracho, le pedía perdón a sus amigos por hacerlos ir hasta ahí… y por querer levantarse una piba con novio. Visiblemente, todos estaban golpeados, con signos de pelea. Igual, el peor era el más borracho, con una camisa azul decorada con vomito. El nene que no dejaba de gritar estaba más cerca.
Mire para atrás y mi amiga estaba calmada, pero la madre estaba envuelta en una rabia incontrolable. Decía lo que todos allí comentaban: “si pago mis impuestos, porque me tratan así”, “son todos chorros”, “nadie quiere trabajar”, “Pachano es muy ortiva para ser gay”. Una mujer estaba sentada en otro rincón, frío y húmedo. Hablaba sola o estaba rezando. Lo único que entendí es que no volvería a su casa con “hijo de puta violador de su padre”. Su mirada se perdía en un pasillo semi iluminado, donde algún ambo blanco desaparecía. El nene gritón estaba a metros.
Mucha gente si, dolores, enfermedades, estornudos y llantos. Humildes y trabajadores, sin cobertura, pero esperanzados que este prestigioso hospital los sacará de este momento. El nene inquieto seguía moviéndose y haciendo ruido. Reconocí a la madre, que estaba con otro pequeño. Le sostenía una venda en la cabeza, manchada con sangre. El niño continuaba saltando hasta que la madre lo llama de un grito.
-“Matías! Vení para acá!”
-: “buuuuuaaaaaaaaaa”
- “Podes dejarte de romper las pelotas!??. No ves que tu hermano esta mal por tu culpa??”
- “Buaaaaaaaaaaaa”
La madre, cansada agobiada por la noche entre gritos y sangre, saca su último recurso para calmar a Matías.
- “Mati! Mati! Tomá y quedate quieto!”
Matías se acerca, toma el celular de su madre y escucha una canción que lo calma. Deja de gritar, sonríe y levanta los brazos, haciendo como un aleteo y empieza a bailar.
Era el único que estaba alegre entre tanta tristeza.
La música es medicinal. Y calma a las fieras. Mas esa canción, “I Know you want me”, bailado por Ricardo Fort.
Desgarrador.
5 jun 2010
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Javier es una leyenda. Las noches están a punto de nombrarlas como él, ya que Javier es la noche. Pecho trabajado, firme como el acero. Una espalda que podría ser una columna de las ruinas griegas. La sonrisa sin problemas enamoraría a Mona Lisa, si ella saliera por Costa Salguero. La mirada penetra hasta la última alma del lugar, y es así como siempre sabe qué decir, cómo decirlo y, principalmente, a quién hacerlo. Sus morochos cabellos brillan creando destellos que iluminan como bola de espejos cada pista de baile. Dicen que no hay hombre que salga que no admire a Javier.
Como todas las noches, salió 2.13 de su depto en Las Cañitas hacia su segundo hogar, las fiestas. Con ropa, claramente de marca, deslumbra a cada paso. Desde la salida de su auto, hasta la puerta del boliche.
Entra como si el fuera el dueño, reparte saludos a gente que no mira y, sin perder la sonrisa, entra a la pista. Una multitud le grita, lo viva, lo aplaude. Javier levanta las manos y la gente estalla. Las mujeres lo tocan, los hombres bajan sus cabezas y ven como el rey de la noche porteña se dirige a su trono: la barra.
La fiesta comenzó, todos vuelven a bailar. Javier encontró al lado de su lugar una rubia preciosa que le da la espalda, una hermosa espalda.
“Esta es la cola que quería hacer… en la barra”, piensa el playboy.
Se le acerca por detrás y se embriaga con el perfume que emana la joven de rizos dorados. Apoya su mano en su hombro y prepara sus armas. La rubia se da vuelta y no sólo la cola estaba buena, sino que acompañaba una buena delantera y unas piernas preciosas. Ni bien terminó el scanner de abajo para arriba, Javier se concentró en su rostro. La cara perfectamente delineada, unos labios carnosos para interminables besos y unos ojos azules profundos completaban la cabeza de esta Barbie. Ese vestido escotado y blanco hacia agradecer a las 50 luces negras que tenia el lugar.
Ella sonríe y le dice un tímido “hola”. Javier apoya su brazo en la barra inclina su cuerpo hacia ella y con una voz seductora le dice:
“Hola… veo que tenes sed, que tomas?”
La rubia rie y juega con su pelo enrulandoselo y con voz juguetona le pide un daikiri de frutilla. Javier, que sabe por demás cómo seguir el juego, asiente con la cabeza. La mira, la observa de una manera tan deseosa que a ella le brillan sus ojos lujuriosos.
Javier llama al barman. Le tira 200 pesos y le dice:
“Para ella, un Daikiri de frutilla…”. Hace una pausa mirándola a los ojos, completamente seguro de si mismo, porque él es Javier, el rey de la noche. Se acerca a sus labios tomándola de la cintura mientras ella se derrite frente a él. Justo antes de humedecer su boca, Javier le saca la cara y le dice al barman:
“… A mi no me haces un licuado de banana? Con leche y azúcar por favor”
Como todas las noches, salió 2.13 de su depto en Las Cañitas hacia su segundo hogar, las fiestas. Con ropa, claramente de marca, deslumbra a cada paso. Desde la salida de su auto, hasta la puerta del boliche.
Entra como si el fuera el dueño, reparte saludos a gente que no mira y, sin perder la sonrisa, entra a la pista. Una multitud le grita, lo viva, lo aplaude. Javier levanta las manos y la gente estalla. Las mujeres lo tocan, los hombres bajan sus cabezas y ven como el rey de la noche porteña se dirige a su trono: la barra.
La fiesta comenzó, todos vuelven a bailar. Javier encontró al lado de su lugar una rubia preciosa que le da la espalda, una hermosa espalda.
“Esta es la cola que quería hacer… en la barra”, piensa el playboy.
Se le acerca por detrás y se embriaga con el perfume que emana la joven de rizos dorados. Apoya su mano en su hombro y prepara sus armas. La rubia se da vuelta y no sólo la cola estaba buena, sino que acompañaba una buena delantera y unas piernas preciosas. Ni bien terminó el scanner de abajo para arriba, Javier se concentró en su rostro. La cara perfectamente delineada, unos labios carnosos para interminables besos y unos ojos azules profundos completaban la cabeza de esta Barbie. Ese vestido escotado y blanco hacia agradecer a las 50 luces negras que tenia el lugar.
Ella sonríe y le dice un tímido “hola”. Javier apoya su brazo en la barra inclina su cuerpo hacia ella y con una voz seductora le dice:
“Hola… veo que tenes sed, que tomas?”
La rubia rie y juega con su pelo enrulandoselo y con voz juguetona le pide un daikiri de frutilla. Javier, que sabe por demás cómo seguir el juego, asiente con la cabeza. La mira, la observa de una manera tan deseosa que a ella le brillan sus ojos lujuriosos.
Javier llama al barman. Le tira 200 pesos y le dice:
“Para ella, un Daikiri de frutilla…”. Hace una pausa mirándola a los ojos, completamente seguro de si mismo, porque él es Javier, el rey de la noche. Se acerca a sus labios tomándola de la cintura mientras ella se derrite frente a él. Justo antes de humedecer su boca, Javier le saca la cara y le dice al barman:
“… A mi no me haces un licuado de banana? Con leche y azúcar por favor”
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